Un barrio tranquilo que despertó a una pesadilla

En enero de 2003, el barrio barcelonés del Putxet —una zona residencial, silenciosa, casi ajena al sobresalto— se convirtió en escenario de uno de los crímenes más brutales de la crónica negra española.
Durante once días, un aparcamiento privado en la calle Bertrán 28 se transformó en el territorio de caza de un asesino que actuaba con una frialdad quirúrgica y un sadismo que aún hoy estremece. Su nombre: Juan José Pérez Rangel, un joven de 24 años que vivía con sus padres y que, sin antecedentes de violencia extrema, planificó dos asesinatos consecutivos que marcaron para siempre la memoria del barrio.
El primer ataque: 11 de enero de 2003
A la una de la tarde, María Àngels Ribot, de 49 años, aparcaba su coche en la plaza número 15 de la cuarta planta del garaje. Era un día normal, una rutina más. Pero Rangel la estaba esperando.
Se había escondido en un hueco entre el ascensor y la escalera, un punto ciego donde podía observar sin ser visto. Había estudiado los movimientos de los vecinos, anotado matrículas y horarios. Nada era casual.
Cuando María Àngels se dirigió al ascensor, él la abordó con un cuchillo. La mujer intentó defenderse, pero el agresor la controló tras varias puñaladas. La obligó a bajar por las escaleras hasta la última planta, donde la remató con golpes de martillo en la cabeza, rompiendo el cráneo en varios puntos.
Después, cubrió el cuerpo con una bolsa de basura industrial y se tomó el tiempo de fumar un cigarrillo junto al cadáver. La escena era tan fría que parecía imposible que alguien pudiera actuar con semejante calma tras un asesinato.
Rangel robó su bolso, tomó sus tarjetas y extrajo 300 euros en un cajero cercano. El hijo de la víctima encontró el cuerpo poco después. El barrio quedó paralizado por el horror.
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El asesino vuelve: 22 de enero de 2003
Once días después, el mismo aparcamiento volvió a ser escenario de otro crimen. Esta vez, la víctima fue María Teresa de Diego, de 46 años. Ella solía entrar acompañada de su marido por miedo al asesinato reciente, pero aquel día llegó sola. Rangel aprovechó la oportunidad.
La abordó, la inmovilizó y la obligó a bajar hasta la última planta. Allí la esposó a la barandilla con unas esposas no profesionales, le ató los pies y la golpeó doce veces con un martillo, provocándole la muerte de inmediato. También intentó usar sus tarjetas de crédito.

El patrón era claro: mismo lugar, misma metodología, misma brutalidad. Barcelona comprendió que no se trataba de un hecho aislado, sino de un asesino que actuaba con una precisión escalofriante.
La investigación: un fantasma en el parking
La policía trabajó con muy pocas pistas. El aparcamiento era un espacio cerrado, silencioso, sin testigos. Pero las huellas en la bolsa de basura, las marcas de zapatillas y los movimientos bancarios empezaron a dibujar un perfil.
Las cámaras de seguridad captaron a un hombre calvo con chaqueta azul merodeando por la zona. Además, el uso de las tarjetas de crédito de ambas víctimas fue una pista decisiva.
Rangel había tenido alquilada una plaza en ese mismo parking. Conocía el lugar, sus rutinas, sus puntos muertos. Durante días, se movió como un fantasma entre las plantas, estudiando a quienes entraban y salían.
La presión policial y el miedo vecinal crecían. El barrio vivía con la sensación de que el asesino podía atacar de nuevo.
La detención y el juicio
El 30 de enero de 2003, la policía detuvo a Juan José Pérez Rangel. Las pruebas eran contundentes:
- huellas en la bolsa donde ocultó el primer cadáver,
- marcas de sus zapatillas,
- movimientos bancarios con las tarjetas robadas,
- imágenes de cámaras de seguridad.
En diciembre de 2004, un jurado popular lo declaró culpable por unanimidad. Los forenses destacaron su sadismo y la brutalidad de los ataques. La Audiencia Provincial de Barcelona le impuso una de las penas más largas de la historia judicial catalana: 52 años y 9 meses de prisión por dos asesinatos con alevosía y ensañamiento, robo continuado y tentativa de robo.

La sentencia lo describió como un hombre “frío y peligroso”, capaz de actuar sin remordimiento.
Un eco que aún resuena
El parking del Putxet sigue siendo, para muchos vecinos, un lugar marcado por el horror. Nada ha cambiado demasiado: las paredes, las rampas, las plantas silenciosas. Pero quienes conocen la historia sienten un escalofrío al recorrerlo.
Durante 22 días, un joven aparentemente normal sembró el pánico en un barrio que jamás imaginó convertirse en escenario de un asesino en serie.
El caso del Putxet es hoy un referente en la crónica negra española: un recordatorio de cómo la rutina puede quebrarse en un instante y cómo el mal puede esconderse en los lugares más cotidianos.
