El 30 de abril de 2002 marcó para siempre la vida de la familia Fernández-Cervera, y también la de toda la comunidad de Vigo. Aquella tarde, Déborah Fernández-Cervera, de 21 años —a punto de cumplir los 22— salió a hacer ejercicio en la zona de Samil, en Vigo, y nunca regresó a casa.

Durante días, una angustiosa búsqueda se extendió por la ciudad, hasta que el 10 de mayo su cuerpo fue hallado en una cuneta en O Rosal, a unos 40 km de Vigo.
Estaba desnudo y sin signos claros de violencia, colocado en actitud fetal, cubierto con vegetación, y con elementos añadidos para despistar: se halló un preservativo usado junto al cadáver, y expertos creen que se introdujo semen post mortem.
La escena fue tan escenificada como perturbadora: lo que parecía un crimen pasional buscaba disfrazarse como agresión sexual para desviar la atención investigativa.
Pero el cuerpo no fue necesariamente hallado donde murió Déborah. La hipótesis de los investigadores y los peritos fue que su cadáver había sido mantenido en algún tipo de congelador, lo que explicaría el buen estado en que fue encontrado días después.
Pese al esfuerzo policial inicial, el caso entró pronto en un limbo: el semen hallado no correspondía con ADN de ninguna de las muestras tomadas en los análisis habituales. No se halló un sospechoso claro que pudiera ligar de modo concluyente los indicios.

En 2006 se intentó revisar el disco duro del ordenador de Déborah para hallar pistas digitales, pero sin resultados decisivos. En 2010 el caso fue cerrado provisionalmente, al no poder acreditar autores ni motivaciones.

Durante años, el trabajo de la familia fue quien mantuvo viva la causa.
En noviembre de 2019, lograron que el caso se reabriese: se practicaron nuevas diligencias, se analizaron archivos digitales y testimonios olvidados, en un intento por rescatar pistas que no habían sido debidamente exploradas.
En mayo de 2021 se llevó a cabo la exhumación del cuerpo. Se extrajeron muestras de uñas y se realizaron nuevos análisis para extraer fibras, ADN y otros indicios que pudieran relacionar a un posible agresor.
En junio de ese año, los forenses confirmaron la presencia de ADN masculino bajo las uñas de Déborah.

El 28 de marzo de 2022 aparecería el primer resultado concreto: el ADN coincidía —pero de modo no concluyente— con el de un vecino de Déborah que había testificado en el caso. La jueza, sin embargo, consideró que los indicios no eran suficientemente sólidos para imputarlo formalmente.
Además, ese ADN no coincidía con el del exnovio, único investigado hasta el momento.
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Ya con el plazo de prescripción acechando, el exnovio fue llamado a declarar como investigado en febrero de 2022, aunque las pruebas seguirían siendo insuficientes.
Justicia para Déborah Fernández-Cervera
En septiembre de 2022, la familia dio un vuelco público a la causa al denunciar que varios objetos fundamentales (un móvil sin tarjeta SIM, cintas de vídeo, fotografías, oficios policiales) habían sido “traspapelados” y olvidados durante décadas en dependencias oficiales.
En 2023, el exnovio aceptó someterse a una tercera prueba de ADN, alertando que ya se le había tomado una en 2002 con resultado negativo. Pero los resultados no aclararon la autoría con certeza.

Finalmente, el 14 de junio de 2024, la justicia archivó provisionalmente el caso tras 22 años sin certezas.
En el auto, la jueza sostuvo que los indicios acumulados contra el único investigado “no son suficientes para hacer una imputación verosímil de un hecho delictivo concreto”.
La familia de Déborah calificó el desenlace como una “tomadura de pelo”, denunciando los múltiples errores a lo largo de la investigación: pruebas ignoradas, archivos perdidos, diligencias demoradas y oficiales que no actuaron con rigor.
Hoy, el nombre de Déborah sigue vivo como símbolo de una búsqueda persistente de justicia. Su caso expone no solo la brutalidad de un crimen, sino también las grietas del sistema: la fragilidad para proteger a las víctimas cuando la evidencia es escasa, el desgaste que soportan las familias y el peligro de que el silencio oficial termine cerrando los capítulos más dolorosos.
Mientras su memoria no permita el olvido, seguirá siendo nuestra obligación hablar de Déborah, preguntar qué falló, y mantener la exigencia de que la verdad salga a la luz.
